Quedamos para tomar un café en mi sitio preferido. Se llamaba Cinema Paradiso. Sus paredes estaban recubiertas de fotografías de películas antiguas, la esencia de aquel lugar reivindicaba las décadas doradas del cine norteamericano. Era uno de mis sitios preferidos. Me gustaba ir allí hacía el final de la tarde, cuando ya había oscurecido, y sentarme mirando hacia la barra del bar. Si me quedaba largo tiempo observando creía estar en el Rick's, viendo a Bogart bebiendo whisky en alguna mesa, mientras Sam tocaba el piano, que, a diferencia que en la película, aqui estaba contra la pared. Aquel local conectaba de una forma especial con mi forma de ver el mundo.
Pero esta vez elegí una mesa diferente, por no perturbar mi tradición. Me asfixiaba la rigidez entre ambos, que uno frente al otro, nos afanábamos en romper el hielo. Cuanto más hablaba de si mismo y de las cosas que más le importaban, más estaba yo pensando en Casablanca. Me parecía mucho más interesante lo que ocurría en la barra de mi imaginación que frente a mi.
-Así que te interesa la antropología, ¿no?
-Sí - Contesté
-¿Pero en que rama? ¿Física, cultural...?
- Cultural.
- Que genial. A mi me parece la rama más interesante. Aprender de nosotros mismos, descubrir cuanto hemos construido los humanos, debe de ser de lo más fascinante.
-Si, eso creo yo.
-Entonces, ¿te gustará viajar, no? Para estudiar las costumbres de otras culturas hay que ir muy lejos
-Bueno, no está mal. Sí que hay bastantes partes del mundo que me gustaría ver.
-¿Cómo cuales?
-Pues Casablanca, por ejemplo.
-¿Cómo la película? La verdad es que te pega, este sitio y tú. Tiene que ser bonito.
-Bueno.
Sus ojos eran reflejo de fascinación y expectación. Que le resultase tan interesante a Esteban me hizo reír. Era adulador, pero cuanta más atención volcaba en lo que yo hacía, más sentía que no correspondía aquel entusiasmo. Aún así, la tarde fue animándose hasta el punto que olvidé al Bogart de mi imaginación para encontrarme charlando tendidamente y pasando un rato agradable como dos buenos amigos.


Eva observaba los pétalos de rosa que flotaban alrededor de su cuerpo. La intensa fragancia que desprendían las sales de baño transportaba su mente a lugares que sólo existen en los sueños. Le sorprendía cómo el agua distorsionaba las formas de su cuerpo y lo bello que lucía desde esta perspectiva. Hacía tiempo que no dedicaba tanto tiempo a explorar su naturaleza como mujer y esa toma de conciencia la seducía. Enumeró una tras otra las cosas que más valoraba en su mundo, comenzando por el jazz que brotaba de entre las rendijas circulares de su radio portátil. Parecía como sí el sonido, fragmentado para salir por los pequeños orificios, se reconstruyera en el aire para el deleite de sus oídos. Valoró también el brillo del sol de la mañana que cada domingo la encontraba leyendo libros en el parque. La sutileza del armonioso sabor del chocolate, desmenuzándose su azúcar en lengua y paladar. Valoró sus pies, latentes bajo las cálidas aguas de rosa de la bañera, y la fuerza con la que conducían su vida, uno tras otro, hacía adelante. Las fotografías que decoraban las paredes de su cuarto, su guitarra injustamente en desuso, siempre hermosa y paciente. Orbitó con su imaginación a través de la belleza de un mundo en contante rotación. Sumergió la cabeza unos segundos bajo el agua y al salir de esta se sintió parte de cuanto la rodeaba, bautizada en el amor a la vida, dejando bajo las sombras todo el dolor que retenía la libertad de su mente, disolviéndose en el agua. Desgraciadamente nada era tan fácil. Aún no era tan fuerte como para que la sensación de paz que ansiaba hiciera eco en su presente. Pero sabía que tarde o temprano olvidaría todo cuanto un día le hizo feliz.
