Agosto

"Que los sueños sólo mueran al cumplirse"

domingo, 10 de abril de 2011

Capítulo 7: Un Mercurio de hielo, Página 25

Pero para cuando llegó aquel momento algo había cambiado en mi. Hoy sigo sin explicarme como pude terminar con todo aquello. Ni siquiera me maquillé para aquella cita.

Quedamos para tomar un café en mi sitio preferido. Se llamaba Cinema Paradiso. Sus paredes estaban recubiertas de fotografías de películas antiguas, la esencia de aquel lugar reivindicaba las décadas doradas del cine norteamericano. Era uno de mis sitios preferidos. Me gustaba ir allí hacía el final de la tarde, cuando ya había oscurecido, y sentarme mirando hacia la barra del bar. Si me quedaba largo tiempo observando creía estar en el Rick's, viendo a Bogart  bebiendo whisky en alguna mesa, mientras Sam tocaba el piano, que, a diferencia que en la película, aqui estaba contra la pared. Aquel local conectaba de una forma especial con mi forma de ver el mundo.


Pero esta vez elegí una mesa diferente, por no perturbar mi tradición. Me asfixiaba la rigidez entre ambos, que uno frente al otro, nos afanábamos en romper el hielo. Cuanto más hablaba de si mismo y de las cosas que más le importaban, más estaba yo pensando en Casablanca. Me parecía mucho más interesante lo que ocurría en la barra de mi imaginación que frente a mi.

-Así que te interesa la antropología, ¿no?
-Sí - Contesté
-¿Pero en que rama? ¿Física, cultural...?
- Cultural.
- Que genial. A mi me parece la rama más interesante. Aprender de nosotros mismos, descubrir cuanto hemos construido los humanos, debe de ser de lo más fascinante.
-Si, eso creo yo.
-Entonces, ¿te gustará viajar, no? Para estudiar las costumbres de otras culturas hay que ir muy lejos
-Bueno, no está mal. Sí que hay bastantes partes del mundo que me gustaría ver.
-¿Cómo cuales?
-Pues Casablanca, por ejemplo.
-¿Cómo la película? La verdad es que te pega, este sitio y tú. Tiene que ser bonito.
-Bueno.

Sus ojos eran reflejo de fascinación y expectación. Que le resultase tan interesante a Esteban me hizo reír. Era adulador, pero cuanta más atención volcaba en lo que yo hacía, más sentía que no correspondía aquel entusiasmo.  Aún así, la tarde fue animándose hasta el punto que olvidé al Bogart de mi imaginación para encontrarme charlando tendidamente y pasando un rato agradable como dos buenos amigos.

-No me puedo creer que te gusten los monkees
-No es que me gusten, es que no sé, animan – Me contestó él
-¡Me niego a tener relación con alguien que escuche a los monkees! ¡Si los hicieron a medida!
-Bueno – dijo Esteban entre risas – seguro que tú tienes algún gusto musical que no reconoces publicamente.
-Pues no, toda la música que escucho es buenísima.
-¿Cómo cual?
-Como Phil Collins
-¿Phil Collins? ¡Pero si canta completamente nasal! ¡Es una nariz melódica!
-¡Pues sabes, también me niego a tener relación con alguien que llame narizón a Phil Collins, señor Cat Stevens!
-¡Eh eh eh, un respeto para el señor Cat Stevens, señorita! Hablamos del padre de la música en acústico. ¿Has escuchado Wild World o Father and Son? Auténticas joyas de la música.
-Vale, vale, que conste que sólo lo he mencionado para hacerte de rabiar. A mi también me gusta. ¿Y que me dices de Kiss, Esteban?
-Me encantan. No sé, todos los que salieron de aquella época del Glam-rock son una pasada.
-¿A que sí? Tenían un look increíble
-Pero yo no me refiero sólo a eso, Lucía,  ahora hay muchas “estrellas” que tienen unos looks increíbles pero luego nada de calidad. Esas canciones eran acojonantes. Sólo hay que escuchar a David Bowie y su “Heroes”. Insuperable.

jueves, 7 de abril de 2011

Capítulo 7: Un Mercurio de hielo, Página 24

El despertar trajo consigo un mal presentimiento. Un dolor en lo más hondo del pecho sustituyó a la armonía del sueño. Para bien o para mal, las cosas iban a cambiar entre él y yo. Había recibido un mensaje en mi teléfono móvil. Era de él. Decía así:

“Lucía, no te sientas mal por lo de esta noche. Lo he pasado genial contigo y no lo cambiaría por haberme quedado en casa.” Aunque no entendía muy bien que se le pasaba por la cabeza, lo cierto es que me alivió. Más tarde recibí una llamada suya. Quería que nos viésemos y…hablar. Con lo mal que se me da hacer esas cosas. No obstante, la llamada fue positiva. Charlamos como siempre lo habíamos hecho. Me sentí feliz cuando colgué el teléfono. Y esperé con expectación aquella cita hasta la semana siguiente.

miércoles, 6 de abril de 2011

Capítulo 7: Un Mercurio de hielo, Página 23

En el trayecto de vuelta a casa Esteban me mostró el mundo desde sus ojos, con una visión tan inteligente, utópica y entusiasta que me sentí narcotizada. Entre otras cosas me dijo que no le gustaba su nombre, que le hubiera gustado llamarse Adrián, cómo el emperador Adriano,astrólogo cómo su protectora, la emperatriz Plotina, aunque obviando su orientación sexual. Escuchar a Esteban era una constante sorpresa. Tenía cultura, intereses de lo más variados y buen gusto musical.

Y yo quería hacer tantas cosas cómo él hacía, ser parte de aquel mundo invisible que traían sus palabras. De repente me supe irremediablemente conquistada por él. Cuando aparcó frente a mi puerta repetí en mi mente el verdadero deseo que había pedido a aquella estrella fugaz: “Que él se enamore de mi”. No quería salir del coche y descubrirme viviendo la misma vida de antes, en la que ninguno de aquellos segundos de encuentro había existido nunca. Y cuanto más hablábamos, más me percataba de que ninguno queríamos dar por finalizada aquella noche. Nada podía apartarme ya del torbellino que me arrastraba rápidamente al centro de sus labios. Fue al separarme de aquellos brazos que me despedían cuando mi boca se hizo dueña del resto de mi cuerpo. Tardó mi mente en percatarse del suave y dulce abrazo de nuestras lenguas, de la ternura con la que acariciaba mi nuca y mis mejillas, en un lazo de cálidas esperanzas. La pasión con la que dos almas se rozan, mutuamente se beben, se comen, se esperan, se toman como locos, inconscientes de la mortalidad de los momentos, de las traiciones que el tiempo nos depara. Dejaron bruscamente de envolverse nuestras bocas, cuando, víctimas de una moral contraria al curso de la vida construyó una presa en mis sentimientos de amor. Me empujó, pasados ya demasiados segundos desde nuestro encuentro, y, separándose de mí, quedó en silencio, mirando hacia abajo.

-Lo siento.- Contesté, mientras abría la puerta del coche.

Arrancó el motor y comenzó a alejarse. La madrugada fresca acuchillaba mis sentidos. Con el amanecer a mi espalda sentí la inmundicia apoderarse de todo cuanto yo era. Me eché a llorar. No encontraba sentido a lo que el mundo consideraba correcto, cómo tampoco encontraba sentido al hecho de que un sentimiento tan puro y precioso como el amor fuese también causa del más profundo de los dolores. Que equivocada había estado yo, como muchos otros devotos, al alabar las virtudes y beneficios de amar. No había deleite alguno en el abismo que sentía agrandarse con cada latido de mi pecho, ni felicidad en lágrima salada. Tiempo después supe que me vio llorar en aquella acera, a través del retrovisor.

Entré en casa y, tras cerrar la puerta, me desmoroné. Sentada en el suelo, pero sin verlo, me percaté de cuanto temblaban mis labios, emocionados tal vez ante el hecho de haber conquistado lo soñado, pero también de haber perdido ese sueño que tanto lo había mantenido en suspenso.

jueves, 31 de marzo de 2011

Capítulo 8: Luna, Página 22


Comprendió, mientras se secaba con la toalla, que su felicidad no eran tanto las metas grandes como las cosas pequeñas. Dibujar estrellas en el vaho del espejo, preguntarse como hacían los dentífricos con rayas de colores. Sentir el aire caliente del secador revolucionar su pelo, cuidar que el flequillo quedase en su sitio. Las zapatillas, mullidas y calentitas, abrazando sus pies.

Prepararse para salir a la calle, enfundarse en los vaqueros más bonitos del mundo. Y respirar las impurezas del aire que el sol de mediodía hace resaltar. Que maravilloso el caminar despreocupadamente, moviendo los brazos de forma alternativa, haciendo oscilar la bolsa con los libros, rozando tus labios los cabellos recién lavados, suaves y brillantes. Oír de nuevo esa canción y descubrir que ahora sí sabes a que se refiere. Y volar con la mente y cuerpo, arriba, más arriba, estar lejos de aquí, haberse ido ya. Quería ser ella nuevamente, imprudente, descarada, inteligente e ingenua, y permanecer así siempre.En su paseo sus deseos comenzaron a materializarse en imágenes, así aprovechó la inspiración que la libertad le brindaba para acercarse a la tienda y comprar un gran lienzo y nuevos pigmentos de color.

No fue a clase. Volvió a casa y preparó la mezcla. Polvo azul marino y clara de huevo. Quería dotar a la pintura de resistencia a la inclemencia del tiempo y retener esa brisa de primavera entre pinceles. Empezó así a dibujar un nocturno firmamento. Chispas de blanco fueron sus estrellas. Una gota bien colmada se deslizó, cruzando todo el cielo. Sonrió al darse cuenta que el universo le había regalado un cometa. Cerró los ojos y pidió un deseo, siendo su testigo de aquel momento una luna color blanco número 17.


miércoles, 30 de marzo de 2011

Capítulo 8: Luna, Página 21

Capítulo 8: Luna


Eva observaba los pétalos de rosa que flotaban alrededor de su cuerpo. La intensa fragancia que desprendían las sales de baño transportaba su mente a lugares que sólo existen en los sueños. Le sorprendía cómo el agua distorsionaba las formas de su cuerpo y lo bello que lucía desde esta perspectiva. Hacía tiempo que no dedicaba tanto tiempo a explorar su naturaleza como mujer y esa toma de conciencia la seducía. Enumeró una tras otra las cosas que más valoraba en su mundo, comenzando por el jazz que brotaba de entre las rendijas circulares de su radio portátil. Parecía como sí el sonido, fragmentado para salir por los pequeños orificios, se reconstruyera en el aire para el deleite de sus oídos. Valoró también el brillo del sol de la mañana que cada domingo la encontraba leyendo libros en el parque. La sutileza del armonioso sabor del chocolate, desmenuzándose su azúcar en lengua y paladar. Valoró sus pies, latentes bajo las cálidas aguas de rosa de la bañera, y la fuerza con la que conducían su vida, uno tras otro, hacía adelante. Las fotografías que decoraban las paredes de su cuarto, su guitarra injustamente en desuso, siempre hermosa y paciente. Orbitó con su imaginación a través de la belleza de un mundo en contante rotación. Sumergió la cabeza unos segundos bajo el agua y al salir de esta se sintió parte de cuanto la rodeaba, bautizada en el amor a la vida, dejando bajo las sombras todo el dolor que retenía la libertad de su mente, disolviéndose en el agua. Desgraciadamente nada era tan fácil. Aún no era tan fuerte como para que la sensación de paz que ansiaba hiciera eco en su presente. Pero sabía que tarde o temprano olvidaría todo cuanto un día le hizo feliz.

martes, 22 de marzo de 2011

Capítulo 7: Un Mercurio de hielo, Página 20

-¿En serio?
-No, en broma
-Ah…
-¡Claro que sí tonta!

La inquietud aporreaba mi pecho mientras pasaba mis brazos alrededor de su cuerpo. Crucé mis manos alrededor de su cuello. Tan cerca estaba que sentí la punta de sus cabellos deslizarse entre mis dedos, que, inconscientes, comenzaron a mesar el pelo de su nuca. En mi mente la sensación de suavidad de aquellos cabellos aumentó al ritmo de mi corazón. Es difícil expresar con palabras lo eléctrico que, contenido en nuestro interior, se escapa a través de las yemas de los dedos cuando acariciamos la más mínima parte de quien amamos, cuando nuestras manos se hacen los mayores delatores de nuestro amor privado. Tampoco puedo, a pesar de todo el tiempo pasado, condensar en un relato todo lo invisible que puede apreciarse en los ojos encontrados. Cómo el sentimiento de necesidad, hambre y sed de piel poco quiere entender de cuanto transcurre a su alrededor. Sus labios, frente a mi, esbozaban la risueña sonrisa de un infante, trazando en su tez las expresivas líneas curvas que tanto había soñado con recorrer en su escarpado mentón de barba de tres días. Y sobre toda esta planicie, el amanecer de aquellos ojos sobre el horizonte de su rostro. Era tan dulce, tan niño, tan amargo y tan adulto que por mucho que lo intenté no pude olvidar lo escondido.Le amaba y, en la ilusión, pensé que él ya lo sabía, aunque esto no tuviera mucho sentido. En aquella ocasión me negué a creer que aquel momento tan perfecto sólo hubiera ocurrido en mi imaginación, donde no existían mis padres y su preocupación por el mañana, ni la antropóloga africana, y donde, por supuesto, cada ápice de mi amor fuera correspondido, cuidado y multiplicado con entusiasmo para luego ser devuelto con el mismo desinterés con el cual yo lo había entregado. Pero eso no iba a pasar. Aún así, la ilusión era tan hermosa que me aferré a ella y la mudé a mis recuerdos. Así, cuando la canción terminó y ambos nos separamos, pude hacerla infinito evocándola todas las noches que me costaba dormir.

martes, 15 de marzo de 2011

Capítulo 7: Un Mercurio de hielo, Página 19

-¿Qué has deseado? – Le pregunté
-Una tontería
-Bueno, entonces dila, si es imposible que se cumpla decirlo no lo va a anular
-He pedido que se cumpla un sueño que tuve – Contestó él, mirando al suelo.
-¿Qué sueño?
-Que lluevan poemas.
-¿Cómo? ¿Poemas?
-Sí, - Contestó entre sonrisas- últimamente me cuesta muchísimo escribir. Me gustaría tener una fuente de inspiración constante, que no se agotase nunca. El otro día soñé una historia. Era sobre un escritor al que cada vez que se quedaba sin ideas le llovían poemas del cielo.
-Deberías escribir esa historia, parece muy interesante.
-Tal vez . De todas formas no se me ocurre más. ¿Llueven poemas y qué más? Nada.
-Podría ser que cada poema estuviera relacionado con su vida. Ya sabes, le dice que va a ocurrir o le da la clave para entender la realidad.
-Nah…¿Un poco visto, no?
-Puede, pero por lo que tengo entendido se ha escrito ya casi todo, los escritores de hoy sólo os dedicaís a reescribir. Así que mientras esté bien escrito...
-Entonces si que no la escribo, porque si depende de mi forma de escribir… En fin, no soy muy bueno
-¿Qué no? A mi me encanta todo lo que escribes. Aún recuerdo el poema que me escribiste sobre la mesa
-¿Sí? Joder, pues yo no me acuerdo. Pero muchas gracias, en serio.

Nos quedamos mirando, embobados, tirados en la hierba. No podía dejar de sonreír mientras me perdía en sus ojos de niño grande.

-Y tú, ¿Qué has deseado? – Me preguntó Esteban
-¿Yo? Nada, una tontería
-¿Cómo la mia?
-Diferente
-Cuéntamela, si no se va a cumplir de todas formas.
-No, no, déjalo.
-Anda, venga, suéltalo
-He deseado bailar con un chico. Pero supongo que ahora que te lo he dicho no se cumplirá.

Ni yo me creía mi propia mentira.

-¿Un chico? ¿Qué chico? ¿Le conozco?
-No, no, es un chico, cualquiera. Hace mucho que no bailo con uno y me apetecería.
-Pues yo tengo música en el coche. Si quieres bailar
-No, no, déjalo, era para otra ocasión.
-No, me siento mal por haber destruido tu deseo, hoy que no caen muchas estrellas fugaces. Voy al coche a poner música y abrir las puertas.
-Bueno, vale… - Le dije, mientras me echaba a reir. Era surrealista.
-¿En tu deseo era lenta o movidita?
-¡Lenta, por supuesto! - Respondí con una picardía que no me parecía mia

Esteban se metió en el coche. A través de la luna del parabrisas pude ver como, tras encender las luces, buscaba el porta-CDs de la guantera de su coche.

-No tengo gran cosa – Me dijo, mientras pasaba las páginas de tela plastificada que contenían los CDs- Espera. Aquí hay uno con una canción que me encanta. A ver si te gusta.
-¿Voy al coche a escucharla?
-No, no, sino no podremos bailar. Bajaré las ventanillas y lo pondré bien alto. Total, aquí en mitad del campo nadie nos va a decir nada.

How can I tell you, that I love you… I love you… But I can’t find the rights words to say…


-¿La habías escuchado antes? – Me preguntó Esteban, mientras se acercaba a mi
-Creo que no, ¿de quién es?
-No creo que le conozcas. Bueno, a lo mejor sí, la mayoría de la gente me dice que no le conoce. Cat Stevens, ¿te suena?
-Sí. Pero no conocía esta canción.
-El disco es de mi padre, le gusta mucho. Bueno, ¿bailamos?

jueves, 10 de marzo de 2011

Capítulo 7: Un Mercurio de hielo, Página 18

Sentados sobre una lona, muertos de frío, en lugar de pensar en cada estrella que caía sólo podía apreciar el brillo de los astros reflejados en sus pupilas. Sonreía como un niño. Tal era la pasión con la que desgranaba los secretos del universo que escucharle solo provocaba en mí una ardiente sensación de deseo. Incapaz de atreverme a dar un paso, moría porque las huellas de sus dedos memorizasen mi cuerpo. Deseaba abrazar sus labios en mis labios, hacerle dueño de mi beso, rendirme y vencerme al mismo tiempo en batalla sin tregua. Pero él, ajeno a todos mis deseos, continuaba mirando a las estrellas, inconsciente de que mi aliento se entrecortaba ante tamaña soledad.
Entonces, al ver una lágrima que caía del cielo, me dijo que cerrase los ojos y pidiera un deseo.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Capítulo 7: Un Mercurio de hielo, Página 17


Capítulo 7: Un Mercurio de hielo

Una sensación sellaba la boca de mi estomago, la extrañeza mezclada con un intenso je ne sais pa hacía que, en el asiento del copiloto, la incertidumbre se adueñase de mis ojos y estos se centrasen en mirar las manos cruzadas sobre el pantalón. Pasado el primer estadio de la vergüenza, con el rabillo del ojo al girar la cabeza, mirarle. Descubrir su mirada centrada en la carretera subrayada por la soñadora sonrisa de mi devoción, la intermitencia de sus pupilas, espiando cada minuto mi imagen. Miro por la ventana. El coche ilumina el bosque, alterando los latidos de la noche somnolienta. Afuera el frío polar altera la maleza, temblando a su paso. Hoy recuerdo, reconstruyendo aquella escapada en el imaginario de mi mente, la claridad que inesperadamente se adueñó de mi conciencia en el epicentro mismo del corazón.

Hablando compartimos aquellas vanalidades que hacen únicas a las personas. El sentimiento de vida era tan intenso y adictivo que era imposible serle ajeno. La escasa intuición que poseo, a pesar de mi feminidad, me hizo notar en base a los gestos y silenciosos susurros de sus labios que Esteban también estaba conociendo esa sensación.

- Me parece increíble lo que haceís en ciencias ambientales. Bueno, tampoco es que sepa mucho sobre ello, pero vuestra inquietud por preservar la naturaleza es...
- ¿Sí, eso piensas? - La sorpresa de Esteban me alagó, contestando- Caray, pues si, eso fue lo que me llevó a estudiar esto, luego te das cuenta que no es exactamente lo que tú pensabas, pero bueno, es una forma de ponerse a ello. Siempre pensé que el planeta en el que vívimos es lo más importante que tenemos. Es nuestra casa, y no hacemos más que destruirla.
-Ya, es horrible.
-Sí, porque el mundo está lleno de cosas maravillosas. Las selvas son lugares asombrosos, en realidad, todos los ecosistemas tienen algo que los hace especiales, únicos. Miles de plantas y animales increíbles que, por culpa de otros intereses, intereses humanos, tú y yo no veremos jamás. Pero yo no quiero que sea así, por eso creo en luchar, aunque sea díficil, esto tiene que acabar. De hecho acabará, pero no quiero que sea como ellos quieren.
-Dios, todo lo que dices, todo es... Me encanta. Me encanta tu forma de pensar.
-¿Sí? - Esteban sonrió, mirandome fugazmente antes de volver a mirar la carretera.-Gracias.

Sonreí en aquel silencio. Sí, era inevitable: Era genial. ¿Como resistirse a un soñador?

martes, 19 de octubre de 2010

Capítulo 6: En-Tierra-Me, Página 16

Capítulo 6: En-Tierra-Me

"Entierra mi cádaver" fue el título que elegí, creo que de forma bastante acertada, para aquella letra desgarradoramente cruel que llevaba semanas rondando mi cabeza. Era la peor noche de sábado de mi vida. Era 14 de febrero y mis compañeros de piso habían salido a cenar con sus respectivas novias. No les envidiaba, de hecho, me sentía bastante orgulloso de no tener porqué pagarle la cena a nadie para seguir manteniendo "la llama" en San Valentín. ¿Es que sólo existe el amor mientras lo dice el Corte Inglés?. Me parecían todos unos gilipollas y unos calzonazos, y eso que los consideraba mis amigos. Por otra parte, sabía que ninguno de ellos iba a pasar la noche en casa y eso sí que me tocaba un poco los cojones, no por sus novias, que no eran nada del otro mundo. sino por el hecho de estar con una tia. Por suerte, volvía a relucir mi orgullo masculino. No voy a gastarme un duro, ni en llevar a cenar a nadie a una pijeria de sitio ni en el hotel de después. Yo no pago por follar.
Y con esta sensación de superioridad dejé caer mis calzoncillos en el suelo y me tiré en el sofá en pelotas a ver en el portátil la primera temporada de la serie que me había recomendado Joe, con una cervecita en una mano y patatas fritas en la otra.

De repente me vi a mi mismo como protagonista de la serie ¿Dondé está tu madre?, en una sitcom con cinco treintañeros americanos y sentado en un enorme sofá lila.

Al despertar conocí a Sara. Su cara, en vez de reflejar admiración, parecía decirme "Eres un pringao". Fue la primera vez que la vi mirarme de aquella forma, aunque, desgraciadamente, no sería la última